Dedico este libro a Miguel Ángel Manias, con quien establecimos las desnudas liturgias de un amor que se oficia con todo el corazón hecho raíces


© Norma Segades - Manias
Julio, 1991
Primer Premio Edición Certamen Internacional "Villa de Martorell" - Barcelona (España-1992)
Imagen de tapa: Detalle Óleo "El pasaje", de María Victoria López Severín.

Dedicatoria.

Dedico este libro a Miguel Ángel Manias,
con quien establecimos las desnudas liturgias
de un amor que se oficia
con todo el corazón hecho raíces.

Epígrafe.

“Y si crecí desnuda en la intemperie
fue mi raza secreta la que educó mi piel
la que formó mis manos metálicas y agrestes”.
Pablo Neruda

A manera de prólogo.

La vida acecha, a diario, las fibras sensitivas; despliega ante nosotros sus infinitas intemperies, asedia el alma desde todos los flancos, embiste las palabras en desorden hasta los huecos duros del silencio, asciende a las cenizas enlunadas o desgarra con zarpas de tinieblas y a veces, sólo a veces, nos deja vislumbrar el fugaz centelleo de un reflejo en lejanos azogues. Entonces conocemos la poesía.
Fue creada en el instante del trueno y los presagios, de la verde llovizna y la tierra encrespada; una dríada salvaje que atravesó los cauces seminales del origen para engendrar, en cada ser viviente, la liturgia alfarera de sus voces.
Es inasible y casi inexplicable. Se oculta en nuestras íntimas callejas, en guaridas de cuarzo subterráneo, va transmigrando, clandestinamente y un día, sin aviso, nos invade.
Y aquellos que pudimos ser aristas, alambres, filos, dagas, esqueletos de ortigas, somos vasijas, cántaros, vertientes, úteros torrenciales donde el verbo despeña sus sílabas azules; zarzas avasalladas por decisión de un fuego que nos revela brillos dormidos en la escarcha, las duras cicatrices que clavan dentelladas, los aullidos mecánicos perforando la noche, las hojas que destierra en su agonía la cintura inocente de los plátanos, la carne mutilada, el largo luto de las muertes largas... Y aquellos que pudimos ser gárgolas de piedra, patrimonio del odio o de la cólera, arquitectura de indolencia o páramo, heredamos este espacioso oficio de traducir vocablos fugitivos, erigimos la claridad fecunda del lenguaje, diseminamos sus simientes grávidas.
Venimos de distintas geografías. Nos mecieron en cunas impregnadas con humildes cadencias de maderas o en la dorada asepsia de los bellos metales. Venimos de muy lejos; de hedores o fragancias, pedregales o rosas, goteras, seda, encaje o desamparo. Por eso, cada poeta la ama, la seduce, la interpreta y la expresa en ese original abecedario que le dicta su sangre. Y ella congrega por igual el pan y las corolas, la sangre y el otoño, el rocío y el hambre, el frío, el horizonte, los harapos.
En mi opinión, es fuerza y testimonio. No le calzan las hipocresías ni las falacias ni la indiferencia. Reclama exactas proporciones de cielos transparentes y légamos descalzos. Porque, ¿qué sentido tendría la espesura final de la belleza si no prevalece en ella la mirada del hombre, esa efímera huella de la estirpe? ¿Cuál sería, entonces, el idioma del aire, del sol, de la distancia?
Ser poeta no es sencillo. Hay que asumir un compromiso, establecer un pacto con la autenticidad, abatir cada puente levadizo y permitirle entrar a saco en nuestros calendarios hasta lograr que sentimientos, convicciones, actitudes y escritura constituyan una unidad sin intersticio alguno. Desmitificando nuestra tarea, pero reconociendo que hemos de librar duras contiendas contra la frivolidad y el esnobismo. Repudiando demagogias literarias, pero comprendiendo que la verdad está golpeando siempre a nuestra puerta con sus empecinados aldabones.
Alguna vez su máscara de arcilla – esa cruel dualidad de luz y sombra -, llamó a mi corazón con resecos nudillos de miseria y allí, frente al vacío de ácidas agonías y amarillos martirios desdentados, tuve la breve revelación que dio sentido a la proporción y simetría de mis versos. Sin mayor explanada para erigir su esencia que aquellos territorios que nos legaron Pablo (Neruda) y Federico (García Lorca), Miguel Hernández, Mario Benedetti... y tantos otros que andan mis desmemorias pero siempre renacen porque en sus fuentes beben mis raíces. Sin otras intenciones que esta antigua ternura. Sin más bandera al viento que los sueños del hombre engalanando el mástil de mi canto.
Mi obra poética es sólo un destrenzar este desvelo, un buceo en las médulas nocturnas para tocar la entraña de la greda, para sentir la furia del amor y del odio, para besar el miedo que aguijonea sombras debajo de los párpados, para tejer la trama deshilada de tantas soledades, para velar las claras libertades o los magros gajitos de esperanza.
De estas ocupaciones obstinadas, de esta tarea ausente y malherida, por los muslos abiertos del verano, con la luna anudada en Capricornio y la mano de mi hombre desnudando veinte años de un amor apacible en el lado derecho de mis días, nació al paisaje náufrago del mundo este racimo intacto de poemas al que puse por título: El amor sin mordazas.
Porque sí... Porque era imprescindible alzar el desafío. Porque durante cientos de crepúsculos, un musgo avergonzado remendaba el revés de las urdimbres con lanzaderas mustias y sumisas. Porque había una voz, que casi no se oía, compartiendo iguales nervaduras de ritos y relámpagos. Porque era sumamente necesaria otra sonoridad, encontrarnos, de pronto, con la franqueza entera ardiendo en las mañanas, hacerle un lugarcito a aquello que surgía de todas las honduras femeninas como si fueran ecos de otro universo, pieles de otras palabras.
Porque quise asumir esta insolencia de ser muchas mujeres; encabritando andamios, estrenando ternuras, orillando la sed y los incendios, recorriendo los vientres de la lava, deshojando el olvido, pariendo los hastíos cotidianos.
Después vino el llamado que atravesó los mares y arrojó sus guijarros pequeñitos contra el pobre cristal de mi ventana, la interina osadía que despachó mi nombre, el péndulo incesante, el mensaje en la lluvia encadenando vuelos por encima de espumas erizadas y espesas llamaradas de fronteras, la cómplice ternura de esa carta – paloma agitada en los pétalos de mayo.
Y al desgarrar los sellos, sin prever talismán o barricada, un diluvio de luz mediterránea, una leyenda en piedra sobre el río y la áspera tibieza de una villa extendiendo sus manos, desgranaron su afecto sin rincones, atravesaron fiebres y vigilias, violentaron enjambres de pestillos cariados... y Cataluña, con su sol a cuestas, transpuso los umbrales de la casa y se sentó a la mesa, con mis hijos, a compartir vajillas y manteles, la frescura hortelana de los cuencos, la dulzura del fruto, el agua clara y la ofrenda madura de la espiga crujiendo, eternamente, en las hogazas.

Norma Segades – Manias

Andamios en el viento.

Yo edifiqué este amor.
Con fragmentos de oscuras inocencias,
con torpes esqueletos de caricias,
con harapos de sueños,
con astillas de heridas sin cerrojos,
con retazos de olvidos,
con silencios,
con este terco corazón obrero
enhebrando
una a una
las miradas
hasta llegar al beso.

Yo edifiqué este amor.
Me desollé las manos
y el alma
para hacerlo.
Desgarré la agonía de mis pieles
en el seco perfil de tus misterios,
en tu salvaje lluvia de raíces,

en tu escasa ternura,
en la eterna aspereza de tus miedos,
en el rencor marchito de tu zarza,
en la estirpe indomable de tus fuegos.

Yo edifiqué este amor.
Establecí mi sumisión descalza
como piedra y cimiento,
lo parí con la fuerza de la tierra
en la orilla de enero,
lo afirmé como hiedra a tus murallas
de aguijones sin tiempo...
y lo sostengo
a pura garra y dientes
entre racimos de cuchillos negros.

Desde todo el silencio.

Después de tanta furia compartida,
después de tanta angustia,
de horarios de oficina,
de olores de frituras,
de tantos desencuentros.
Después de tanto ocaso sin jazmines
y caballos de lava derretida
y látigos de fuego.
Después de tanta muerte a la deriva,
de tantas cicatrices en el alma.
Después de tantos sueños mutilados
en la orilla del tiempo...
sentados en mitad de nuestra vida,
donde todo se sabe
y todo calla...
quiero hablar de la otra,
compañero.
Quiero advertir que abajo,
abajo del cansancio sumergido,
de la ceniza cruel en los cabellos;
debajo de las formas inconstantes,
donde se tensa el arco de mi vientre,
donde se eleva,
ansiosa,
la redonda lujuria de mis senos,
donde encuentras la hembra que me habita
cuando azota aldabones el deseo...
Allí,
donde el silencio es una hoguera
consumiendo los pétalos,
donde hay huellas de sangre fugitiva
y lunas sin caderas...
hay alguien que agoniza,
hay alguien que mastica los silencios,
una mujer de corazón desnudo
que desea quitarse los disfraces
y gemir por caricias verdaderas,
y aullar que,
algunas veces,
son casi imprescindibles los “tequiero”,
y reclamar a gritos la ternura
que extraviamos,
un día,
entre el feroz instinto de las pieles.

A pesar de la sombra.

Deja que me establezca en tu silencio.
Afuera,
las tinieblas liberan sus jaurías...
el odio está acechando en los senderos
con los hocicos fétidos
de sus perras hambrientas.
Puedo escuchar las zarpas de la noche
deshilachando tréboles,
diseminando dagas de ceniza
en muslos de violetas,
enterrando
en muñones de rocío
su dardo agudo,
su desnuda greda.
Aquí,
junto a tu pecho,
las caricias construyen un lenguaje
de vértigo y hogueras
que llovizna en la piel de mi ternura
como sobre una copa soñolienta
donde
el amor
se esperma de raíces,
de linfa y lunas ciegas.
Vamos a enarbolar esta locura
de ser sobrevivientes,
a inaugurar liturgias infinitas
a fecundar la sed de antiguas fiebres,
vamos a naufragar en la esperanza
como en un archipiélago desierto...
hasta sentir que somos un refugio,
una legión de sueños sin fronteras
donde la sangre eriza barricadas
y quebranta las proas del olvido
con sus amuralladas transparencias.

Hasta los dientes.

Uno no puede,
siempre,
andar gritando al mundo a voz en cuello
todo lo que te quiere.
Uno no puede,
a veces,
olvidar el idioma en que la vida
anda sacrificando mariposas
bajo nuestras promesas de Septiembre.
Por eso son forzosos los crepúsculos,
cuando el cielo en silencio nos desteje
sus ovillos de noche estremecida
por un filo acechante de jazmines
y rosales silvestres.
Por eso son vitales las caricias,
la risa al viento,
el beso que sucede
y nos exilia de la hipocresía,
de los negros olvidos,
de la lluvia
con que el odio desnuda la intemperie...
y nos enciende huecos de panales
y nos amarra al borde de la luna
como gaviotas a lejanos muelles.
Por eso,
en ocasiones,
suelen ser perentorias las miradas
que escrutan la tibieza de las pieles.
Esas que acaso trenzan la ternura
en la semilla pura de tu vientre
para ejercer el cielo o el abismo,
las del reloj de sangre,
las que engendran la magia prodigiosa de los duendes.
Por eso,
¿de qué sirven las palabras?
¿no es hermoso
ir armados de amor hasta los dientes,
sin más desvelo que morder la sombra
en la hondura ritual de tu relieve?
sabiendo que a pesar de todo esto,
uno nunca ha podido,
uno no puede
andar gritando al mundo
a voz en cuello
todo lo que te quiere.

En este tiempo.

Ya sé que habrá mañanas sin tus besos,
sin tu piel
donde el sol despeña el polen
de su estambre escarpado,
sin tus ojos tiñéndome de estrellas
y aromas
y espesuras
y racimos
la salvaje matriz de la esperanza.
Ya sé que
en la maraña
la vida está afilando sus relojes,
taladrando silencios transparentes,
precipitando zarpas.
Sé,
pero aquí me quedo.
Soy custodio
del sueño,
del verano,
de la magia,
de esta ternura azul hecha raíces,
de tu risa descalza.
Quiero quedarme aquí,
en este tiempo
en que sólo tenemos las palabras
y caderas de lunas fronterizas
y pájaros sin miedo
y ciegas madreselvas en las tapias.
Quiero quedarme aquí,
quiero quererte
en este territorio,
en esta tregua,
en esta adolescencia trasnochada
y andar con la alegría en bandolera
con la insolencia socavando escarchas
y la franqueza al viento
y las caricias
y algún ramaje cómplice de vuelos
deshojando campanas.
Quiero quererte aquí,
donde te quiero,
en este tiempo de riberas lacias,
al borde de la sed
y los incendios
bajo la quieta luz de las acacias.

Detrás de las urdimbres.

Aquí estoy,
zurciendo con esmero
este andrajo de amores eventuales
que encontré dobladito
entre la impunidad de los bolsillos
donde encierras los sueños.
Oculto en punto atrás cada mentira,
cada caricia y luna y juramento.
Cubro la luz de su mirada herida
con filamentos negros,
asiento planchas tibias
sobre la orografía de su cuerpo...
Pero me cuesta.
¡Ay, sí!
¡Cuánto me cuesta desprender su ternura
de las crestas insomnes de tu infierno!
Se ha adherido a tu voz,
a tu sonrisa,
trepó por tus cabellos,
inscribió sus raíces
en la extensión desnuda de tu pecho.
Perdóname querido,
debí advertirlo a tiempo,
pero estaba ocupada en otras cosas:
preparando meriendas,
fregando calcetines,
tejiendo calendarios,
almidonando todos los recuerdos.
Perdóname querido este dolor secreto
que se enrosca en la piel de tu vergüenza
al quitar los fragmentos...
Yo también me he quebrado algunas uñas
y sangrado la yema de los dedos,
sin embargo ya ves,
valió la pena,
ni se ven las puntadas...
quizás un poquitito del reverso...
Nadie habrá de advertirlo,
nadie indaga detrás de las urdimbres,
todo está exactamente como siempre,
tu cabeza y la mía descansando
en la complicidad cuadriculada
de este antiguo silencio...
¡Qué descuidado eres vida mía...
llevar, en un amor,
tantos remiendos!

Carta a mi hombre.

¡Ay, compañero mío...!
nada nos fue liviano:
ni el amor,
ni los sueños,
ni siquiera el perfil de la esperanza.
Nadie nos prometió más que desiertos
en cada madrugada...
Pero peregrinamos los caminos,
arrendamos esperas,
desnudamos limones y panales,
defendimos espigas
de los picos punzantes
y las garras...
Siempre abriendo trincheras a la vida
porque las sombras de la muerte acechan
desde un enjambre negro de atalayas.
Y porque muchas lunas
levantamos a pulso la ternura,
entre ciegos naufragios
y egoísmos,
entre furias armadas...
porque fraguamos duros talismanes
o pulimos encastres harapientos
sobre un rompecabezas de nostalgias...
en este otoño antiguo,
en este otoño de ocres horizontes
desciñendo crujidos sin amarras,
necesito emigrar de mis silencios,
decirte que te amo,
ejecutar rituales
de honduras
y misterios
y palabras,
encender aquel tiempo
de azulado tabaco y yerbabuena,
despertar,
en tus manos alfareras,
sus ecos de pausada aristocracia
y recorrer el vientre del relámpago
cuando las lenguas,
ebrias de rocío,
insurreccionen vuelos en mi sangre.

Parir la lejanía.

La vida estaba ardiendo.
Iban los días
como cristales ebrios,
canturreando,
deshilachando soles erizados
con su alba de ceniza
y sus ocasos.
Iban los días,
lentos,
en la arena,
jazmineando horizontes,
destilando
el mosto enrojecido del verano
y la vida era,
siempre,
un fulgor desatado,
un concilio de lámparas agudas,
un racimo desnudo de milagros.
Porque éramos,
entonces,
la ternura,
una hoguera de amor,
brillos delgados
cuajando arquitecturas de panales
bajo la sombra antigua de los plátanos.
Pero la noche levantó en el viento
sus tinieblas de otoño amordazado,
sus espadas de luna y cicatrices
mutilando los sueños incesantes,
socavando corolas derribadas,
ensangrentando el vuelo de los pájaros.
Y así quedamos:
indefensos,
solos,
invadiendo de olvido los relámpagos,
hundiendo los colmillos en las venas
de todos los recuerdos,
clavándonos las uñas de humo amargo,
porque el amor parió sus lejanías
desde el útero azul de la distancia
y se marchó de mí
-piedra y silencio –
y,
nunca más,
volvió sobre sus pasos.

El rocío salvaje.

De qué lugar,
pregunto,
de qué piedra
brota este manantial
y cristaliza
astillas de silencio en mi fracaso
para manifestar que,
todavía,
hay espacios de greda en mis perfiles
donde sólo se encastran tus abrazos,
para gritar
que ya no soy mi nombre
si tu voz calla el eco sustantivo
de mi propio vocablo.
Que soy la cicatriz de lo que fuimos,
insolentando muros de tinieblas
con ojos fatigados,
cuando esta soledad no es,
ni siquiera,
la infamante mitad de mi nostalgia.
Y la ausencia me pesa más que nunca.
Y el recuerdo es la playa en que naufrago.
Que navego en mi amor,
a la deriva,
bajo esta gris llovizna que humedece
la textura salvaje de mis párpados.
Y que no habrá azucenas
ni palomas
ni sueños deshojando calendarios
porque,
sobre las últimas cenizas,
está cayendo,
sin cesar,
tu olvido,
como un rocío amargo.

El precio de la magia.

Después vendrá el olvido,
la apatía,
ese dejarse estar,
como si nada,
como si nunca incineré mi vuelo
en el aura amarilla de tu lámpara...
Y te veré pasar,
indiferente,
con un silencio azul en mi mirada.
Después,
mucho después,
vendrá el olvido.
Antes, debo vivir toda esta muerte
y cobrarle a los sueños,
al contado,
el precio clandestino de la magia
y beber,
en los cálices del miedo
el origen ritual de la distancia.
Antes debo exiliar de mi memoria
ese aroma a tabaco
que solía
arder sobre mi piel como un rocío,
como una hoguera al viento
o una llaga
y mutilar tu nombre en los telares
y andar remando,
soledad arriba,
hasta el muelle sutil de la nostalgia
y ejercer el oficio de parirme
una vez
y otra vez
desde el delirio
donde el infierno pacta sus alianzas.
Después vendrá el olvido.
Pero,
ahora,
¿qué hago con este enjambre de crepúsculos
perdido sangre adentro de mi sangre,
que espirala,
en las sombras,
el aullido
de sus lunas violadas?

Jirones de locura.

Voy por ruinas en llamas,
por infiernos de muertes repetidas,
por cubiles secretos.
Una nostalgia estéril
me eleva a las vertientes enlunadas,
al insomnio insolente,
a la cólera de ascuas sumergidas
en azuladas ráfagas de viento.

Rehén de tus ausencias,
cercada por las hebras del crepúsculo
como por un concilio de azucenas
al que las uñas de la noche acechan
para trenzar los pétalos del miedo,
imagino tu sed junto a mis labios,
el ritual obstinado de tu aliento,
la avidez de tus manos
en la orilla nocturna de mi cuerpo.

Telarañas de légamo agrietado
desgarran los azogues
para esbozar tu gesto en los espejos...
y yo,
casi expiación,
casi tiniebla,
casi Ofelia desnuda
en los delirios verdes del estanque,
habito mis jirones de locura
hasta el final del tiempo.

Entre las ruinas.

Es cierto que andan sueños
gimiendo en mi locura
y huellas secas
alucinando un tiempo sin raíces,
sin ternura, sin pájaros,
y furiosos infiernos repetidos
en el ritual desnudo de tus manos.
Y anda un recuerdo azul
bajo los párpados,
y un antifaz de piedra y un cuchillo,
y un patético amor asesinado.
Es cierto que este mundo es un engaño,
es un abismo, un páramo, una tumba,
un hueco de dolores malheridos,
un duro territorio miserable
donde mi cuerpo yace, amortajado,
donde mi risa sólo es una ausencia,
donde el silencio crece como un nombre
que una herida, en mi voz, está gritando.
Pero también es cierto que,
en el fondo,
aún quedo yo con mi destino intacto,
que puedo ver tu soledad mezquina
ahogándose en la orilla acantilada
de todos tus naufragios.
Que puedo ser testigo de tu rabia
porque,
a pesar de tantas dentelladas,
¡aún quedo yo...! ¡yo quedo...!
la memoria
de una antigua Medea ante el oráculo.
Aún quedo yo,
después de tus diluvios,
después de los espejos y los llantos.
Aún quedo yo.
Con pieles andrajosas,
nadie regresa impune del espanto –
pero soy lo importante,
la salvaje
violencia de mi sangre empecinada,
la luz edificada entre las ruinas,
el fuego calcinando los presagios.
Soy las alas y el vuelo.
Soy la vida.
La pequeña simiente de un milagro.

Nocturno del miedo.

Es de noche.
Tú sabes...
Hay ojos amarillos
edificando negras soledades
en extrañas esquinas.
Y hay corazones ciegos
suplicando mendrugos de palabras
ante espaldas dormidas.
Y hay hombres revolviendo en la tristeza
para encontrar un eco,
un trozo flaco,
las hilachas desnudas de una risa.
Y hay dolores gastados,
y amores sin abrigo,
y mujeres marchitas
vendiendo en la intemperie
su follaje de espinas.
Es de noche.
Tú sabes...
El mundo es una espada
decapitando rosas ateridas.
Es un hueco de vísceras aullantes,
un infierno de luna
diseminando gotas de ceniza.
¡Qué suerte este destino de sabernos,
de tocarnos
y vernos
y sentirnos,
de amarrar,
al ocaso,
la proa de tus manos errabundas
en mi cintura herida!
Abrázame,
amor mío.
Es de noche.
Tú sabes...
En los desfiladeros del silencio
muerden fauces salvajes
las violetas perdidas.

Encender el amor.

Señor jefe:
escrito a doble espacio,
con copia a personal,
según sus directivas
tan estrictas
y exactas,
atentamente quiero explicitarle
mi ausencia en su reloj
cuando sonaron las siete campanadas.
Porque el día nació,
tímidamente,
como nacen los días,
sin palabras,
con los ojos sedientos de temblores
y el horario sentándose en la cama.
Pero,
esta lluvia audaz
fue desflorando
las matas de azaleas, las acacias,
las hiedras adheridas a los muros
con sus uñas de cal, enamoradas...
y me exigió que no,
que no cediera a la rutina gris y cotidiana,
que arrebatara el fuego en sus pupilas
con mis besos de urgencias y fogatas,
que arrancara a sus sueños los susurros
donde se encienden todas las palabras,
que escanciara en su copa
las oblicuas
lloviznas de mi sangre derramada
desde el racimo azul,
desde el estambre de mi espiga compacta
en una nueva génesis poética
de esta greda descalza
que erige las almenas de la vida
cuando no hay asideros, ni ilusiones,
y el salario no alcanza para nada.
Por eso señor jefe,
con franqueza,
disculpe este retraso de planillas,
y el desorden de peines y corbatas.
La lluvia,
perentoria,
me detuvo
a encender el amor,
esta mañana.

Raíces en la sangre.

Vengo de ti,
del tajo de tu fuerza,
del duelo entre el dolor y la esperanza,
de llanuras desiertas
y naufragios,
de la angustia y la rabia,
de aquella soledad,
hollando heridas,
por las secas veredas de tu infancia.
Soy casi un eco tuyo,
efímero reflejo en los azogues,
el aura transparente
de todo lo que piensas
y masticas
y callas.
Puedo pasar,
tal vez,
inadvertida,
junto a tu solidez y tu arrogancia
y,
sin embargo,
sin que tú lo sepas,
vienes de mí,
del fondo de mi alma.
Porque hay veinte veranos destrenzando
la llovizna incesante de su magia
y mis sueños
tañendo la ternura
en las secas raíces de tus alas...
y mi risa y mis lunas y mis pájaros
y mis hebras de luz
en las mañanas.
Entonces,
ya no soy la voz del agua:
superficial, azul, despreocupada;
entonces,
ya no eres,
solamente
el ardor despeinado de tu fragua,
y hay algo de mi canto en tus silencios
y hay algo de tu fuego
en mis entrañas.

Entre el aire y el fuego.

Usted,
¿se ha dado cuenta que el olvido
es
algo más
que inaugurar la ausencia?
¿Que es una geografía sin vertientes
sobre la piel
sumisa
de la tierra
donde se hacina toda la sal de la tristeza,
donde crepitan lámparas amargas
por los cielos desnudos
y las grietas,
y estridulan su látigo los grillos
bajo la luz
herida
de cuatro lunas ciegas?
Un territorio hastiado de intemperies
donde vamos muriendo,
de a poquito,
sedientos de no verlo,
de no andar de su mano las mañanas,
de no escuchar su voz
cuando regresa,
donde creemos
casi un imposible
retornar al asombro de ser uno
porque ya no sabemos cómo hacerlo.
Donde nos faltan nombres
y palabras
y antiguos arenarios de promesas
y la savia especial de la ternura
y esa cierta vergüenza
al extender los sueños
y no hallarlo
desnudando el amor,
a la derecha...
Si alguna vez su sangre,
su esperanza,
pudo sobrevivir a esa miseria,
usted
se ha dado cuenta que,
el olvido
es,
algo más,
que inaugurar la ausencia.

Adentro de nosotros.

Ha pasado la noche de los tigres
rugiendo entre la escarcha
su maraña de furia y desenfreno,
la noche de las gotas insurgentes
calcinando los muslos encendidos,
la noche de los fuegos,
la noche de amapolas y colmillos
y suspiros
y fiebre
y sol que estalla
en las grietas azules de los besos.
La noche de la sed,
de los combates,
del remolino hambriento.
Se diría que todo fue destruido
entre el sonido sordo de los truenos.
Pero,
acaso,
tu mano a la deriva
enlazando mis dedos,
la alianza de tu hombro y mi mejilla,
nuestro tiempo de luna sin rincones
habitando el silencio,
nos encrespa esta pálida ternura
que multiplica estrellas en mis venas
mientras te escucho,
apenas,
naufragar en la piel de tu cansancio
junto a la exacta piel de mi cansancio...
al oeste de todas mis mañanas,
en el flanco derecho de los sueños.

En la distancia.

Nunca estuvo tan lejos tu ternura,
tan lejos de mi piel,
de mis cabellos.
Nunca estuvo tan lejos,
como ahora,
de los vuelos tajantes
y el silencio,
del vaho navegante de los musgos,
de la luz vertical de las lloviznas
cuando el ocaso es una luna roja
atrapada en los cauces de febrero.

Y yo aquí,
en la distancia,
con tantas ganas de decir: “ te quiero”
y entrar en la tristeza de tus ojos
y encenderte las rosas,
como siempre,
con la complicidad de alguna esquina
desvelada de besos.

Pero,
ya ves,
es tarde
aunque lo calles,
te delata tu mano,
distraída,
abandonando harapos de caricias
aquí,
sobre mi miedo...
y el delgado perfil de la nostalgia
recortando la orilla del destierro...
y esta absurda vergüenza
de comprender,
al fin,
que tu ternura
nunca estuvo tan lejos.

Los sueños inmolados.

Entre torpes espasmos fronterizos,
una centuria ciega de fogatas
se exilia por los pómulos del pubis,
emboscando cadencias
en la húmeda raíz de los guijarros.
Entonces,
desde lejos,
desde el seco esqueleto de sus náuseas,
sobrevienen aullidos polvorientos,
gritos espiralados
y una conflagración agonizante
que desvalida espinas y jadeos,
que desnuca pezones de amapolas
con puños oxidados,
que insurrecciona efímeras mareas,
que conmueve racimos seminales
sobre harapos de orgasmo.
Después,
sólo las fauces,
sólo fauces azules mordiendo las espaldas,
y ráfagas de venas extinguidas
hilvanando pestillos soñolientos
con nieblas de tabaco.
Tal vez,
por un instante,
el amor fue una tregua en el vacío,
tal vez fueron posibles los relámpagos...

pero eran tan profundos sus silencios,
tan despiadado el filo de su sangre,
que apenas vislumbraron,
en quebrados azogues,
huellas de otras ausencias
naufragando en la orilla de los párpados.

Conquista del olvido.

Como ves,
el olvido no es sencillo.
Hay que andar,
con cautela,
anillos de memoria enmarañada,
navegar espejismos de promesas
haciendo caso omiso a sus palabras,
amarrados a las arboladuras
de vergüenzas,
engaños
y distancias
y aprender,
lentamente,
a conjugar los verbos en pretérito
aunque la sangre insurreccione pájaros
debajo de las pieles harapientas
cada vez que digamos:
yo lo amaba.
No es corriente
ni simple
conquistarlo.
Es un asedio largo y doloroso
junto a la soledad de sus murallas.
Porque erige sus puentes levadizos
y desnuda las lenguas crepitantes
donde hierve el recuerdo
la encendida insolencia de su entraña.
Y nunca pacta treguas.
Y a veces,
tiene tiempo
de armar contraofensivas peligrosas.
Y siempre,
en sus bastiones,
sopla un salvaje viento de nostalgias.
Es claro que uno puede ejercerlo de prisa,
con el filo
de alguna antigua furia subterránea
y antes que se atrinchere en sus almenas,
de un manotazo,
sin pensar siquiera,
decapite los pétalos azules
de su dalia obstinada
o mentirse su muerte
cada día
mientras la ausencia resquebraja arcillas
en los párpados secos de las máscaras.

Agonía en el viento.

Yo fui aquella que amó.
La que soñaba residir
para siempre
en la azul geografía de tus besos
y reía
trizando los cristales
con sus filos de látigo,
amarillos,
enmarañando voces en el viento.
La que trenzaba esperas en la tarde
cuando el verano lloviznaba
lento
sobre el aguaribay
todo el crepúsculo
aterido de sombras y silencio.
Soy esa que llevaba
tan desnuda la vida,
tan sumisos
los cauces de su sangre sobre el cáliz
y el corazón tan tierno
que,
ni siquiera enarboló reproches
cuando hundiste el puñal en su semilla
y arrojaste las vísceras al fuego.
Soy esa que te amó como ninguna
jamás ha vuelto a amarte,
la que tuvo
que coser
uno a uno
sus fragmentos
para poder trepar a la esperanza
desde el abismo
seco
de tu infierno,
la que aulló cada noche sus insomnios
por largas espirales sin regreso,
por espinas de náuseas,
por delirios...
y en los negros muñones del recuerdo
estableció el olvido,
una mañana,
hace ya mucho tiempo.

Tiempo de soledades.

Y yo ¡te amaba tanto!,
¡era tan dulce amar como te amaba...!
Desceñía el amor,
como el otoño desceñía follajes en el alba,
cuando la luz,
deshecha y sediciosa,
violentaba persianas
y esbozaba,
al oeste de mi cuerpo
tu perfil, y su sueño, y tus palabras.
Era hermoso dormir sobre tu pecho
con la fuerza de tu hombro como almohada
y aspirar ese aroma a pieles cómplices
en la húmeda tibieza de las sábanas.
Era hermoso sentir que me escurría
como la arena ardida de la playa
cuando la flor urgente de tu sangre
me arrojaba a su abismo de ceniza
y una ternura cruel,
desconocida,
me quitaba mi ser,
me transformaba,
me elevaba a la altura del sollozo
y me dejaba allí,
desamparada,
aferrada a tu cuerpo con los dientes,
con las uñas y el fuego,
con el alma.
Y era hermoso salir a puro cielo,
bebiéndome tu aliento a bocanadas
y reír porque sí,
porque la vida era tan nuestra
y aún estaba intacta.
Pero después llegaron los jinetes
cabalgando las lunas del presagio
y mis miedos, tus secos horizontes
tus mentiras, mis sombras, las distancias.
Y alzaste la frontera del silencio
y el ramaje del vino en tu garganta
y yo fundé el olvido,
esta existencia hipócrita y opaca
donde cada ritual es una huella
aullando en el rencor de mis entrañas
y es demasiado tarde para todo
porque sabemos
que no habrá un mañana.

Desatar las hogueras.

He aquí que es necesario
desceñir el temblor de las hogueras
antes que llegue,
al fin,
el holocausto,
el infierno que acecha
y me inventes de nuevo la esperanza
y yo,
ya no me atreva.
He aquí que es necesario,
aunque nos duela,
deslunar de rocío las heridas,
absolver de jazmines los recuerdos,
exiliar en los cauces de la sangre
donde el dolor es una niebla espesa –
los gastados latidos de esta exhausta ternura,
andrajosa
y maltrecha.
Ya van muchos silencios que lo digo
y muchas rebeldías
que lo piensas:
es verdaderamente necesario
desatar las hogueras.
Aunque el viento se abstenga de su furia
cuando anda deshilando,
en espirales,
los antiguos racimos de otras treguas.
Aunque el tiempo se obstine en esbozarnos
los insultos de cada convivencia
como lluvias de lenguas sediciosas
en vez
de una maraña de contiendas.
Sabemos que la magia se ha perdido.
Y que no hay talismanes ni linternas
capaces ya de desandar las sombras
cuando “amor” es tan sólo una palabra
ahogada en las arenas.
Entonces,
por respeto a los crepúsculos,
matemos el fantasma,
para siempre;
ejecutemos tanta hipocresía,
desembrujemos todas las almenas
y salgamos,
soledad en mano,
a desatar el fuego en las hogueras.

El amor sin mordazas.

He pensado que acaso ni presientes
cuánto silencio
encierra mi silencio,
cuánta pena encendida anda exhalando
como ásperos aromas
en el viento,
cuánta impotencia espera
agazapada
en esta indiferencia voluntaria
que me quema por dentro.
He pensado que acaso es necesario
participarte un nuevo sentimiento:
este odio
que me enciende las entrañas
y navega en los cauces de sus fuegos
cada vez que tus torpes injusticias
me arrebatan el cielo.
He pensado que acaso deba darte
de una vez
y del todo
y para siempre
aquello que más quieres:
el dominio absoluto de mi cuerpo.
Pero
a sabiendas que aún guardo en mis rincones
la estructura de todos mis secretos,
pero a sabiendas que,
entre piel y sangre,
no tendré
para ti
más que el silencio...
hasta que entiendas que la arena fluye
en los cristales ávidos del tiempo,
y se marchita el agua en mis vertientes
bajo la furia
de tu sol hambriento,
y la esperanza ya no tiene fuerzas
para invocar la magia del recuerdo,
y en su destierro de dolor,
sin nombre,
hay un antiguo amor
que está muriendo.

Aluviones de ausencia.

Tu voz parió en la noche
una tibieza azul donde treparon
a morir los sueños.
después llegó la lava calcinante
y desgarró pavesas en los musgos,
enhebrando,
con médulas ardidas,
la insurrección del fuego.
Hubo un grito de goznes destituidos
entreabriendo compuertas
y el torrente de cuarzo machacado
asesinó panales
en los breves incendios de mi sexo.
Desde óvalos de niebla,
el amor fue una lumbre derramada,
una esquirla de luna
ensangrentando pieles en el viento,
un susurro de azogues
multiplicando vientres agrietados
en antiguos espejos.
Su vehemencia de truenos afilados
nos desbordó los flancos,
las axilas,
las lenguas polvorientas...
y nos dejó esta soledad prolija
en donde naufragamos,
todavía,
cuando la ausencia rompe sus amarras
en la arista amarilla de los besos.

Por los cauces secretos.

Aquí,
dentro del pecho,
el odio es un puñal,
es un veneno,
una lepra royendo las entrañas,
un ritual de cenizas sin cerrojos
asfixiando recuerdos.
Aquí,
bajo esta piel que se encendía
en la salvaje fiebre de tus besos,
hay un volcán ardiendo, hay una copa,
hay un cauce secreto
en el que escancio agrias desmemorias
para saciar la sed de mis infiernos.
Aquí,
en este útero de lava,
por los azules yermos donde,
un día,
tu amor multiplicaba las simientes,
sopla un viento de fuego
y una luna de sangre sin destino
y negras mariposas
y los lobos ebrios de ausencia
violentando sellos.
Y yo debo saber,
y me pregunto si aún es posible perdonar,
si puedo
oficiar el olvido en mis altares
antes que me devoren los espejos,
si aún queda algún retazo de memoria
que pueda prometerme una nostalgia,
un rocío de luz, desnudo y fresco,
que llovizne sus leves transparencias
sobre las cicatrices de mis sueños.
No me sirve este odio, no me sirve,
y, sin embargo, soy su prisionera
por tantas soledades malheridas,
por la ternura asesinada al viento,
por la cólera alzada en estandarte
cuando el hastío era una bocanada
de espinas, de maldad y filos ciegos.
Y no puedo el olvido, y no perdono,
y cargo lanzaderas con mis odios
y deshilo el amor, y sigo urdiendo
en la desolación de mis telares
el sayal, amarillo, del silencio.

Amor a hurtadillas.

Clavado en mis entrañas,
como colmillos
o estiletes ebrios
de vinagre y escarcha,
sin soles,
sin senderos al ocaso,
sin manos alfareras despeinándome el alba...
este amor a hurtadillas que ejercemos
sediciona la piel
bajo mis máscaras.
Este amor clandestino,
borrascoso,
hecho de espera y lágrimas,
deshila brazaletes,
estigmatiza cruces en mi espalda,
descobija sayales amarillos,
agoniza de amor
sobre la almohada.
Y de pronto,
tu nombre en la memoria,
tu voz atravesando mis murallas,
las huellas de tus besos
incendiando el desorden de las sábanas...

y ya no necesita de intemperies
ni anillos
ni palabras...
Se bebe su calostro de mendrugos,
se acomoda
su aroma transgresor en la solapa
y sale a desafiar las ceremonias,
los índices,
los rostros,
los sueños en rodajas...
Este amor a hurtadillas que amamantan
grávidos girasoles
encendidos
en antiguas fogatas.

Demanda de los sueños.

Te reclamo mi amor.
Te exijo el fuego,
los sueños, el asombro, la esperanza,
ese vitral de claros horizontes
garabateando luces quejumbrosas
en los huecos del alba,
ese jacinto azul,
ebrio de besos,
espigando rocíos milenarios
para multiplicarse en los azogues
de mi savia enlunada,
ese rito de ojivas
donde el ángel
derramaba su cuenco de ternura
sobre las pieles lacias.
Te nombraste custodio, centinela,
guardián y cancerbero
rondando la pureza de sus tapias.
Debes rendirme cuenta de su fuga,
agobiado de horarios, de disfraces,
de tanta desmemoria cotidiana.
Debes dar testimonio carcelero,
debes decirme ahora, de inmediato,
si lloraba en las tardes,
cuando el viento
apaisaba su enhebro de jazmines
al pie de tus murallas,
si lo herían las voces del silencio
- las voces del silencio ¡son tan agrias! -,
si trizaba los pétalos del miedo
enarbolando látigos de garzas,
si observaste en sus ojos las ausencias
antes que cercenara los barrotes
con dientes de cristal fosforescentes
y el filo,
amordazado,
de su rabia.
Te pido las señales,
los presagios
de su huida en la noche, hacia la nada,
el número de todas sus vigilias,
de cada hora baldía en que el olvido
abismaba en la sal de cada lágrima...
Te intimo a que me digas
en qué instante
se deshojó la puerta a sus espaldas.

Puñaditos de hastío.

Cuando veo en tus ojos
esos perfiles agrios de tormenta
encrespando arsenales de pétalos airados,
esos ciegos latidos sin memoria,
esa dureza de guijarro y trueno
excavando matrices amarillas
con óxido de ríos subterráneos

quisiera atrincherarme en mi agonía,
desenfundar las lágrimas
y acribillar tus sienes
con secos proyectiles de geranios.

Pero,
ya soy este silencio herido,
soy la sombra cautiva de tu sombra,
una tiniebla apenas esbozada
que se adhiere,
centímetro a centímetro,
a talladas ausencias o rincones,
a indiferencias largas,
a espinosos eclipses cotidianos.

Soy la desnuda piedra erosionada
bajo tu furia loca,
un crujido de greda a la deriva,
la ternura saqueada,

puñaditos de hastío
sobreviviendo adentro de las pieles
como huesos exhaustos.

Es todo lo que queda de los sueños:
la sangre hostil,
la soledad tajante,
las máscaras pariendo cicatrices
y esta luna implacable
estableciendo un reino de jirones
sobre escombros de cielo amordazado.

Sólo viento y cenizas.

Algo ocurrió en la orilla de la angustia,
en el perfil desnudo de la magia...
algo que engendró en mí una sed oscura,
que estalló en un enjambre de tizones
y me encendió los sueños,
como lámparas...
algo que estableció en mis cicatrices
todo un abecedario de crepúsculos
y pájaros, y lunas hechizadas.
Fue cuando el corazón, demente, ciego,
restauró el universo y las fogatas,
cuando escogió tu risa entre otras risas,
y avasalló con ella la nostalgia,
y empecinó tu nombre de arrecife
contra oleajes de antiguos espejismos
encabritando el miedo en las entrañas.
Es cierto que tus pieles no fingieron,
que mis penas jamás te amordazaron,
que no existieron pacos ni promesas
en tu henchido velamen de palabras,
pero yo, militante de delirios,
sobreviviente de íntimos naufragios,
combatí cada duda, cada grieta,
cada asfixia de musgo, cada lágrima,
con todos los insomnios en racimo,
con toda la indulgencia amotinada.
Entonces foresté, con mis colmenas,
tu territorio de guijarro y zarzas,
diseminé mi polen en tus huellas,
aluciné en las fauces del azogue,
un cálido follaje de reflejos
por las arquitecturas de las máscaras.
Así fue como obtuve este silencio,
este botín de harapos, de migajas,
este amor sin amor, este sollozo
que saquea mis noches amarillas
y quiebra mi vergüenza a dentelladas.
Así fue como obtuve estos despojos
donde anidan el viento y las cenizas,
este azul simulacro de horizontes
que ha parido el olor de la distancia,
y la certeza de saber que ahora,
a pesar del esfuerzo y las batallas,
esta torpe parodia de ternura
ya no nos sirve amado,
para nada.

Después de los crepúsculos.

¿Qué queda,
al fin,
después de los crepúsculos?
¿Un beso indiferente en las mañanas?
¿Una caricia, casi distraída,
rozando mi mejilla despeinada?
Pues,
es en este instante en que decido
que no voy a rendirme sin batallas,
que no acepto rutinas,
ni pretextos,
ni caderas de secas naftalinas
en mis rincones de obediencias ásperas,
ni sueños maniatados,
ni mohos transitorios,
ni lunas con mordaza.
Que voy a resistir,
cada centímetro,
de éste,
mi territorio sin palabras,
que voy a encabritar mis rebeldías,
que voy a amarte con la piel descalza
y el fuego,
y el temblor,
y las entrañas,
y algunas veces voy a odiarte tanto
que estallará un volcán en mi garganta
y una lluvia de lenguas derretidas
caerá sobre tu furia estupefacta,
que voy a combatir,
desde mi insomnio,
con toda la estrategia necesaria
para ganarle al mundo las contiendas
en los desfiladeros del hastío,
sin esquinas,
ni magias.

Y después de centurias de crepúsculos
aún andaré de soles rigurosos,
aún llevaré la risa agazapada
nutriéndome de cielo los relojes,
procreándome caminos en el alma,
porque aquí,
en el desorden de mis días,
la vida es un oficio que se asume
insolentando al hombro la esperanza.

Acerca de la autora

Acerca de la autora
Centro Cultural San Domingo - Oaxaca (México) 2004

Biobibliografía

Norma Segades Manias, Santa Fe, Argentina, 1945. Ha escrito *Más allá de las máscaras *El vuelo inhabitado *Mi voz a la deriva *Tiempo de duendes *El amor sin mordazas *Crónica de las huellas *Un muelle en la nostalgia *A espaldas del silencio *Desde otras voces *La memoria encendida * A solas con la sombra *Bitácora del viento *Historias para Tiago y *Pese a todo (CD) En 1999 la Fundación Reconocimiento, inspirada en la trayectoria de la Dra. Alicia Moreau de Justo, le otorgó diploma y medalla nombrándola Alicia por “su actitud de vida” y el Instituto Argentino de la Excelencia (IADE) le hizo entrega del Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana por “su meritorio aporte a la cultura”. En el año 2005 fue nombrada Ciudadana Santafesina Destacada por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe “por su talentoso y valioso aporte al arte literario y periodismo cultural y por sus notables antecedentes como escritora en el ámbito local, nacional e internacional”. En 2007 el Poder Ejecutivo Municipal estimó oportuno "reconocer su labor literaria como relevante aporte a la cultura de la ciudad".

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